Jaime Vadell: “El teatro en dictadura estaba cumpliendo su labor”

Estudió en la Universidad de Chile, formó el Teatro de la Universidad de Concepción, participó en el ICTUS y creó, junto a José Manuel Salcedo, la compañía La Feria. Ésta es la visión del reconocido actor sobre el pasado, presente y futuro del teatro chileno.

Nicolás Rojas Inostroza (2013)

Jaime Vadell Amión es puntual. Llega justo al mediodía de un martes de septiembre al café Gabriela del edificio que se construyó para la UNCTAD III en el gobierno de Salvador Allende y que, un año después de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo, se transformó en el Diego Portales, centro de operaciones de la dictadura militar. El palacio de gobierno había sido bombardeado el 11 de septiembre de 1973.

Vadell se inició en el colegio haciendo teatro. Recuerda su participación en El licenciado Pathelin, una farsa francesa presentada en el Teatro Continental que hoy acoge a un templo evangélico. “Fue un éxito, era fácil, podría haber sido siempre tan fácil”, dice riendo.

Cuenta que el radioteatro le enseñó más que la escuela de la Universidad de Chile, donde “hablaban muy raro, había una formalidad tremenda”. Y aprendió también de los cómicos del Ópera, del trabajo de los grandes actores melodramáticos. Recuerda a Alejandro Flores, Agustín Siré y a Lucho Córdova. Luego de su paso por la Casa de Bello partió al sur a formar el teatro profesional de la Universidad de Concepción. Ahí estuvo casi cinco años integrando una generación que revitalizó al, hasta entonces, acartonado teatro nacional.

La única forma de que un país esté vivo
De pronto llega un té y un café a la mesa. Vadell alaba la tetera y selecciona el té más tradicional de la caja colorida. “Ésta sí que es china”, dice riendo y llena su taza con agua hervida. La conversación deriva en esos años previos al golpe militar. “Chile nunca fue más unido que en ese momento”, dice sobre los años de polarización. “Estaba lleno de contradicciones, es la única forma de que un país esté vivo… Así tendrían que ser las sociedades, no como esta pretendida sociedad que no tiene electrones ni protones, sino que puros pelotudos, en eso nos están convirtiendo”.

Durante el gobierno de la Unidad Popular, Jaime Vadell hizo teatro en la Universidad Católica y luego se integró al elenco del ICTUS. Vivió el 11 de septiembre de 1973 en su casa con miedo de que lo allanaran. Ese día terminaron varias cosas. Una de ellas fue el proyecto en que Raúl Ruiz había invitado a Jaime Vadell, Luis Alarcón y Nelson Villagra a hacer un cortometraje. La idea era mezclar esas creaciones en una película que jamás llegó a puerto.

Tres décadas en La Feria
“Esa obra fue magnífica”, dice sobre Pedro, Juan y Diego, de David Benavente y el Teatro ICTUS (1976). “Generó muchos roces al interior del teatro. Creo que esa misma pelea hizo ebullir la obra. Tenía una tremenda gracia”, recuerda entusiasta sobre la pieza que inició un creciente movimiento creativo.

Un año más tarde se presentaría en Hojas de Parra, montaje inspirado en (anti)poemas de Nicanor Parra, con el que su nueva compañía Teatro La Feria dio que hablar en 1977. El 28 de febrero de ese año La Segunda publicaba: “Es la más increíble e insolente crítica contra nuestro proceso, contra el 11 de septiembre y contra quienes en un supremo esfuerzo sacaron a este país de las garras del marxismo, y lo encaminaban por la senda del progreso y la paz”.

La respuesta del público fue magnífica, hasta que los organismos represores de la dictadura quemaron la carpa ubicada en el bandejón central entre Providencia y Nueva Providencia, a la altura de Marchant Pereira. El alcalde de la época les prestó el lugar para presentar el montaje. “Se enfureció la dictadura, no sé por qué… muy disolvente”, cuenta Vadell, añadiendo que —pese a diversos intentos en democracia— la obra no se ha vuelto a presentar desde entonces.

¿Cómo fue la relación con Nicanor Parra antes de estrenar Hojas de Parra?
—Ese montaje no solo tiene algunos poemas de él. Le llevamos una primera versión y nos agarró a chuchadas, literalmente. Pero la segunda edición le pareció bien y agregó algunas cosas graciosas. Nos apoyó mucho.

—Escribieron diversas obras durante la dictadura con José Manuel Salcedo. ¿Cómo funcionaba esa dupla creativa?
—Muy bien, porque José Manuel es un tipo de una creatividad salvaje, de una rapidez mental envidiable. Además de ser muy inteligente y culto. Nos divertimos mucho trabajando juntos. Hicimos varias cosas: la obra hilarante que hicimos fue Una pena y un cariño.

Teatro La Feria existió durante tres décadas. La compañía innovó en varios frentes. Uno de ellos fue trabajar con actores no profesionales: “Teníamos 25 personas de la zona entre cesantes y cocineros. Ahí se fue armando un equipo. Llegaban a la hora y cambiaron físicamente. Gente que estaba muy deteriorada llegaba ahí como a una especie de SPA. Empezaron a sentir que vivir tenía alguna gracia”, recuerda el Premio Altazor. Los pobres, que estaban invisibilizados en el Santiago de la dictadura, protagonizaban los montajes y el público los veía –tal como eran– en el escenario. Y los aplaudían.



Imaginería y complicidad: el humor en dictadura
En una entrevista realizada en dictadura por María de la Luz Hurtado y Carlos Ochsenius en la serie Testimonio (maneras de hacer y pensar teatro en el Chile actual), Vadell decía: “Siento que estamos en una línea correcta de búsqueda de lo nacional-popular. Y es un teatro que fatalmente hay que hacer, si no nosotros, lo harán otros”.  Desde la actualidad identifica en ello una “búsqueda permanente que de repente toma más vuelo y a veces se repliega. La última cosa que hicieron los alemanes o franceses: creo que en este momento estamos en eso y sin elaboración lo trasladamos aquí. Es un proceso cíclico. La generación del 38 fue muy nacional, luego curiosamente eso apareció durante la dictadura, pero por debajo”.

¿Qué rol tuvo el humor en dictadura?
—Tuvo un rol fundamental porque era la vaselina básica. No se podría haber hablado en serio de todas las cosas que se hablaron. Las habrían censurado.

Por esos años existía una solidaridad transversal entre todos los contrarios a la dictadura: artistas, políticos, sacerdotes, pobladores. De los montajes de ese tiempo recuerda ¿Dónde estará la Jeanette? de Luis Rivano, Hechos consumados de Juan Radrigán, Tres Marías y una Rosa, de David Benavente + Taller de Investigación Teatral (TIT) y Los payasos de la esperanza, del TIT.

Las obras montadas bajo el régimen de Pinochet tenían que sobrepasar un gran obstáculo: “Había que decir una cantidad de cosas sorteando una censura. Eso generaba una tremenda imaginería y una complicidad automática con el público. El teatro en ese momento estaba cumpliendo su labor: ser una especie de chamán de la sociedad”.

Los desafíos de la democracia
El actor que interpretó al ministro del Interior de Pinochet en la película NO de Pablo Larraín (2012) dice que se  decepcionó con el retorno a la democracia, pero apunta que “los procesos sociales son muy complicados, siempre se les pide más de lo que pueden dar. Y en buena hora por lo demás porque si no estaríamos esperando que las cosas ocurran, también hay que precipitarlas un poco”.

¿Cómo evolucionó el teatro después del retorno a la democracia? Ya existía total libertad creativa…
—Creo que vivió un buen tiempo de gran desconcierto. De no saber muy bien qué hacer porque se habían afilado tanto las estacas en términos de crítica que de repente quedarse sin blanco, sin enemigo, fue medio desconcertante. Después se adaptó haciendo un teatro de vanguardia trasnochada.  La falta de enemigo fue muy grave.

¿Qué impresión tiene del teatro chileno actual (2013)?
—Creo que está absolutamente despistado. No, de repente se hace justicia. Pero en general creo que se sobredimensionan algunas cosas que no tienen que gracia y se minimizan otras que sí la tienen.

¿Cómo se imagina el teatro chileno en 40 años más?
—En este momento va al despeñaperros, al despeñadero, al desbarrancadero, como dice Fernando Vallejo… que no tiene nada que ver con Camila Vallejo (ríe). Una obra de éxito dura, en general, un mes, mes y medio, dos meses. Es terrible porque con ese tiempo tú no puedes invertir nada, entonces tienes que vivir exclusivamente del FONDART y no, un teatro profesional no puede vivir del FONDART. No es un buen síntoma.

Ya es hora de almuerzo y el barrio Lastarria se llena de apurados comensales. Falta un día para conmemorar las cuatro décadas del golpe militar. De este recuento le sorprende que se haga a “40 años, ¡a 40 años! Están ahora reconociendo que había torturas, cosas injustas, ciertos abusos. Es indignante esto que está pasando… es como para decir ¡‘salta pa’l lao’!”.

* Entrevista realizada en septiembre de 2013, en el marco de la conmemoración de los 40 años del golpe para el portal de la Fundación Teatro a Mil (FITAM).